Blog de joaquinruedam

Ser cristiano en el siglo XXI (Joaquín Rueda Muñoz)

Escrito por joaquinruedam 08-04-2018 en Religión. Comentarios (0)

¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrir a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas tanto económicos como políticos, los dilatados campos de la cultura, de la civilización, del desarrollo. ¡No tengáis miedo! (Christifideles laici, Juan Pablo II, 1988)

  Cada tiempo ha tenido y tiene sus problemas, problemas que ni el desarrollo industrial, ni los avances tecnológicos, ni los importantes logros alcanzados en el aspecto social, han conseguido eliminar, porque son problemas inherentes a la condición humana que por su propia naturaleza es imperfecta.

  Ser cristiano implica una actitud ante la vida coherente con el mensaje de Cristo, un mensaje que es único y válido para todos los tiempos, pero que ha de adaptarse a las exigencias y necesidades de cada momento y de cada circunstancia histórica, misión ésta que compete al Papa, como representante de Cristo en la tierra, en comunión con los pastores encargados de conducir al pueblo de Dios hacia la santidad a la luz del Evangelio.

  Vivimos en un mundo que claramente ignora a Dios; un mundo de aparente abundancia en el que la primera tarea, el primer compromiso se centra en conseguir los bienes materiales que nos permitan disfrutar de todas aquellas comodidades que el siglo nos ofrece.

  La sociedad se hace cada vez más laica. Diríase que incluso los viejos cristianos nos sentimos como cohibidos cuando se trata de defender nuestra fe públicamente. No está de moda, no está bien vista la religiosidad. El cristiano se ve como acosado por el medio que le rodea de tal manera que, como decía Juan Pablo II, “muy a  menudo cae en un indeferentismo nivelador, cuando no se queda en una actitud menospreciativa de suspicacia. (Catechesi tradendae, 1979).

  Pero la verdad es que el ser cristiano significa decir sí a Jesucristo con todas las consecuencias. Ser cristiano significa un compromiso, una entrega a la Palabra de Dios y apoyarse en ella en todos los aspectos de la vida. Y esto queda muy lejos de ser así.

  ¿Qué a dónde quiero ir a parar? De verdad que no lo sé. Solo que me asusta un tanto el panorama que se ofrece a mi vista.

  Cierto que las iglesias están más llenas de fieles que nunca; que los cultos de nuestras hermandades son cada año más solemnes y la asistencia a ellos más numerosas; que la comuniones  son masivas…. Pero… ¡Los confesionarios están vacíos! Por lo que se ve, todos, todos, estamos en una permanente gracias de Dios. ¡Ya no hay pecado!.

  Los bautizos, las primeras comuniones, los casamientos, se han convertido en manifestaciones sociales en las que todos echamos la casa por la ventana, en muchos casos con un lujo desproporcionado, pero ¿Qué hay en el fondo de todo esto? Porque luego, a los padres y los padrinos del bautizado les va a importan un comino la formación religiosa de sus hijos o apadrinados; no exigirán para ellos las clases de religión en el colegio, no se preocuparán de que formen sus conciencias de acuerdo con los principios de la fe…Porque “La familia está llamada a desempeñar su deber educativo en la Iglesia, participando así en la vida y en la misión eclesial. La Iglesia desea educar sobre todo por medio de la familia”  (Carta de Juan Pablo II a las familias, 1994).

  Celebraremos nuestra boda o la de nuestros hijos con un lujo tal, que entiendo ofende a la propia dignidad del cristiano. Y sería hasta cierto punto aceptable, si en el fondo se tratara de consagrar el matrimonio como la obra de Dios por medio de la cual se llega a la perpetuación de la especie; aquello del “Creced y multiplicaos” del Viejo Testamento. Pero no es así. Cada día hay más separaciones y divorcios; los abortos están a la orden del día, los medios anticonceptivos son de uso normal, parece como si el matrimonio fuese un simple contrato mercantil que puede romperse cuando a alguna de las partes deje de interesarle “el negocio”.

  Nos engalanamos con costosa cadenas de las que cuelgan grandes medallas en oro de nuestra patrona, o de la virgen del Rocío y en nuestras solapas lucimos insignias de nuestras hermandades labradas en el preciado metal. Nuestros hogares se llenan de estampas y de cuadros de vírgenes y de santos, pero ya el comedor no lo preside la Última Cena del Señor, ni sobre el lecho matrimonial cuelga la imagen del Crucificado. Son cosas anticuadas, como anticuado queda la bendición de la mesa o el rezo de las oraciones con nuestros hijos antes ir a dormir…

  Pero, a pesar de todo, el ser cristiano exige en primer lugar el constante testimonio de su fe y en segundo lugar el compromiso de asumir la tarea de cambiar, no sólo su propia vida, sino también el propio ambiente que le rodea a la luz del Evangelio. Y eso no se consigue únicamente con manifestaciones externas, sino que ha de nacer de la íntima convicción que brota de la fe.

  El cristiano del siglo XXI se enfrenta a un reto que no puede obviar: el de actuar en y ante la sociedad como auténtico cristiano, dando en todo momento testimonio de la fe que profesa. La defensa de la familia estimando todos sus valores y posibilidades. La proclamación del matrimonio como institución básica que garantiza el cumplimiento del proyecto divino. La defensa de la vida que es sagrada e inviolable en cada momento de su existencia, incluso en el que precede al nacimiento.

  Los padres de familia, los estudiantes, los profesionales, los políticos cristianos, no deben, mejor, no pueden sustraerse a la obligación de ser coherentes con la fe que profesan, de manera que, como seguidores de Cristo, han de ser fieles defensores del mensaje evangélicos y no pueden apoyar ni con sus palabras ni con sus acciones actitudes contrarias a la doctrina que, como luz clarificadora, emana de la Iglesia.

  No, no es fácil ser cristiano en el siglo XXI; hace falta mucha entereza, mucha voluntad, pero sobre todo hace falta mucha fe y la certeza de que Cristo es el Camino, la Verdad y  la Vida, el Camino que a través de la Verdad nos conducirá a la Vida eterna.


8 de Abril de 2018

En torno a los hermanos costaleros.

Escrito por joaquinruedam 01-04-2018 en Semana Santa. Comentarios (0)

Mucho se ha hablado del cómo y porqué de los hermanos costaleros. En el Boletín del Consejo de Hermandades y Cofradías de Carmona de 2003, se inserta un bien documentado artículo del historiador Antonio Lería en que hace referencia al tema, incluso en alguna convivencia de capataces y costaleros se ha llegado a intentar dar respuestas a estas preguntas empleando argumentos que nada tienen que ver con la realidad de lo que pasó aquel Sábado Santo de 1977 cuando el Santo Entierro puso en la calle, por vez primera en la historia de la Semana Santa carmonense, un “paso” llevado por una cuadrilla de hermanos costaleros trabajando con el cuello al más puro estilo sevillano.

Han pasado 41 años de aquel evento que tanto revuelo levantó, que tantas polémicas desató, pero que, en definitiva, cambió el panorama cofradiero y cofrade de Carmona constituyendo el punto a partir del cuál nuestras hermandades de penitencia  se abrieron a nuevas expectativa de desarrollo y los desfiles penitenciales volvieron a calar hondo en el sentir de los carmonenses. Más aún, nos atreveríamos a decir que el momento de esplendor que hoy viven las más de nuestra hermandades, se debe, al menos en parte, precisamente a la incorporación de los hermanos costaleros que, independientemente de su valiosa aportación a la estética de las procesiones, actuó como un fuerte revulsivo en nuestra juventud y promovió su entrada masiva en las hermandades a las que dieron vigor y pujanza con su ímpetu y entrega juveniles.

Es hora ya de poner las cosas en su sitio, aclarando conceptos y detalles que no pueden ser alterados por especulaciones sin fundamento que sustraen a la propia historia de nuestra Semana Mayor la verdad que debe prevalecer sobre todas las cosas.

Hagamos pues, un poco de historia intentando resumir en pocas palabras las circunstancias que llevaron al Santo Entierro y a su hermano mayor a tomar una decisión, cuyo alcance no podían valorar y que, lejos de ser premeditada, fue tomada forzada por las circunstancias.

La Hermandad del Santo Entierro, cuyas reglas fueron aprobadas a finales de 1971 a título experimental y con la prohibición expresa de hacer estación de penitencia al menos hasta 1977, consiguió de la Autoridad Eclesiástica su aprobación definitiva y por tanto la posibilidad de procesionar con sus Sagradas Titulares en 1975. En la Semana Santa de este mismo año, el Santo Entierro hizo por vez primera estación de penitencia en la tarde del Sábado Santo, saliendo de la parroquial de San Pedro y llevando sus imágenes en el “paso” de Cristo de la Hermandad de la Coronación.

En 1976, otra vez la gentileza de la Hermandad de la Esperanza, permitió a la nueva hermandad utilizar el soberbio paso que tallara Antonio Eslava, aunque en esta ocasión la torrencial lluvia que caía hizo que la hermandad decidiera sacar la imagen de su titular a hombros de hermanos, contando con el informe favorable su autor, Francisco Buiza, que como todos los años hasta su prematura muerte, acompañó a “su” Cristo en todas sus salidas.

En 1977 las cosas habían cambiado. La hermandad había concluido las obras de la Capilla que por Decreto de Su Eminencia el Cardenal-Arzobispo pasaría a denominarse Capilla del Santo Sepulcro y disponía de su Casa de Hermandad ubicada, al igual que la capilla, en la vieja Iglesia de Santa Ana. Había que adquirir un paso y como los recursos eran escasos, se iniciaron gestiones para comprar uno de segunda mano. Así  nos ofrecieron la urna del Santo Entierro de la hermandad de la Soledad de Alcalá del Río que rechazamos porque no encajaba en nuestro proyecto. Tuvimos conversaciones con la Hermandad sevillana de Santa Cruz, pero el alto valor de las pinturas de Gonzalo Bilbao que lo decoraban, hizo que al final la hermandad optase por no venderlo. Las relaciones que manteníamos con los “Panaderos”, (aquel año precisamente nos prestaron un juego de dalmáticas), nos permitió contactar con el mayordomo de la “O”, hermandad que salía de una gestora tras un largo periodo lleno de problemas y que para entusiasmar a sus hermanos y al mismo barrio, había emprendido la tarea de hacer un nuevo paso para su Nazareno. Fue un mes muy largo de intensan negociaciones que culminaron con la venta de la casi centenaria canastilla a nuestra Hermandad que pagó por ella la cantidad de 250.000 pesetas en cinco plazos trimestrales de 50.000.

Claro es que el paso tenía las trabajaderas al estilo sevillano, por lo que la primera medida  que se imponía era llamar a Domingo, nuestro carpintero, para que las cambiase adaptándolas al estilo de Carmona.  Y es aquí donde comienza el problema. Las condiciones en que se encontraba el viejo paso eran tan deplorables que no permitían acometer la reforma sin exponerse a daños que podían ser irreversibles. No teníamos tiempo, de manera que tomamos la única decisión posible: Intentar formar una cuadrilla de hermanos costaleros.  Pusimos pues manos a la obra, ayudados por la experiencia de un hermano, viejo costalero que había “sacado” muchas cofradías en Sevilla y contando con el asesoramiento de Rafael Ariza, el capataz de la “O” que dio a Enrique González algunos consejos prácticos sobre la labor del capataz.

Pero la Semana Santa se nos venía encima. La entonces Comisión de Cofradías nos presionaba para que firmásemos el contrato con la cuadrilla “profesional” de Catenda… Yo daba pares y nones, hasta que me citaron a una reunión de hermanos mayores y me plantearon seriamente el problema. “Tienes que decidir ahora si contratas conjuntamente con la demás cofradías los servicios de la cuadrilla de Catenda, o si vas a salir con tus “chavales”, me dijeron. Bueno, me dijeron más cosas que no vienen al caso. La verdad es que me pusieron entre la espada y la pared y sólo conseguí un plazo de 48 horas para dar una contestación definitiva. ¡Qué dos días…!

A la mañana siguiente llamé por teléfono a Rafael Ariza y le conté el problema.

-  ¿Cuántos costaleros tenéis?, me preguntó.

-  Unos veintidós, la mayoría muy jóvenes y sin ninguna experiencia, le contesté.

-   No os preocupéis, me dijo.  En último caso yo os mandaría cuatro buenos “pateros” y, a nada que los chavales pongan un poco de corazón, no tendréis problemas.

Aquella noche tuvimos una reunión con los jóvenes integrantes de la incipiente cuadrilla y les planteé el dilema con absoluta claridad: “Tenemos que decidir aquí y ahora, les dije, y la decisión implica un compromiso y una responsabilidad que podéis aceptar o rechazar, pero que si la aceptáis habréis de llevarla hasta sus últimas consecuencias”.

  La respuesta, afirmativa, fue unánime, y así se lo comuniqué a la Comisión de Cofradías. Por cierto que un hermano mayor, muy enfadado me diría: “Joaquín, has estado jugando con dos barajas, pero te advierto que si te fallan tus muchachos, te puedes quedar en la calle porque nadie va a echarte una mano…” Así de duro. Así de contundente…

  Poco a poco, el grupo de 22 se fue ampliando, de manera que el Domingo de Pasión, teníamos la cuadrilla más que completa.

  Y el Sábado Santo, la apoteosis. La expectación era enorme. La multitud congregada a las puertas de Santa Ana, esperaba ansiosa la salida del paso, de la nueva joya que el Santo Entierro incorporaba a nuestra Semana Mayor y, como no, la novedad de un andar distinto, de movimiento nuevos que sólo el trabajar sobre el cuello de los costaleros son capaces de realizar.

  El bueno de Catenda, que Dios tenga en su gloria, seguía entusiasmado el andar de la cuadrilla de “niños”, como decía. En la plaza de Arriba, en la esquina del Goya, vimos como dos lágrimas corrían por sus mejillas. Pero fue en la calle Carpinteros, cuando nuestro capataz le dio el llamador para que mandara una levantá, cuando el veterano capataz no pudo más y abrazando a Enrique estalló en lágrimas de emoción.

  Lo que vino después es de sobras sabido, yo lo único que he pretendido con estas torpes y mal hilvanadas líneas es dejar claro cuales fueron las razones por las que el Santo Entierro cambió la forma de trabajar de los costaleros y conformó su propia cuadrilla. No; no fue ni el afán de emular a “Los Estudiantes”, ni el temor a una plantá de los profesionales, ni el gusanillo de la experiencia vivida en el traslado del recién adquirido paso a Santa Ana. Fue sencillamente una decisión que hubo de tomarse porque no había otra y sin más pretensiones que la de resolver el problema planteado. ¿O fue tal vez la providencia la que intervino para poner en marcha lo que resultó ser una verdadera revolución?

 

    Joaquín Rueda Muñoz

 

  Carmona, Abril de 2018